La agresividad natural y la educación emocional


Es la hora del recreo. La maestra se acerca porque ve una niña llorando, al parecer el pleito es entre dos niños de 4 años. Uno le pegó al otro. La maestra dice que no se pega y que deben ser amigos. A petición de la maestra, pide una disculpa. Finalmente, les pide que se den la mano y que se den un besito.


Así se resuelven los conflictos en miles de escuelas. Y también en miles de parques, y lugares donde asisten niños.

Es indispensable distinguir entre agresividad natural y destructividad

Sin reflexión sobre lo sucedido, sin oportunidad de crecimiento, sin permitir expresar el enojo y además, dando el mensaje al agresor de que no hay consecuencias al pegar, y al agredido de que no pasa nada cuando alguien te lastima, te tienes que tragar el enojo, y encima, dar besito al agresor. Las niñas y niños buenos no se enojan.

Los adultos sí. Los adultos cuando manejan a veces gritan maldiciones y otros improperios, los adultos, a veces se bajan de coche y comienzan a golpearse. Y no sólo en la calle, en la casa, en el antro, hasta afuera de la iglesia. A veces, los adultos se gritan por teléfono, hasta se insultan en Facebook y se quedan con dolor de panza por horas.

A veces, no gritan, y no expresan su enojo, lo encubren actuando de manera pasivo agresiva, bajo una actitud de sumisión, aplicando silencios prolongados, ignorando al otro, haciéndole esperar a propósito, castigando de forma disimulada, dicen cosas que pueden lastimar aparentemente en broma. Hablan a espaldas de los demás. Olvidan cosas importantes para la otra persona. Rompen accidentalmente algo importante para el otro, claro, “sin darse cuenta”.


La expresión del enojo es más aceptada en adultos que en niños, en hombres que en mujeres. ¿Te has fijado?


Un elemento clave a la hora de generar ciudadanos con inteligencia emocional, conscientes de sus emociones y sus respuestas y además menos violentos, es dejar libre la expresión de las emociones desde la primera infancia. Sin embargo, el llanto, el enojo, el miedo son emociones mal recibidas. Claro, a nuestra conveniencia. A la hora de entrenar a un bebé para dormir toda la noche, miles de personas toleran el llanto, por ejemplo.


La invitación es a aceptar las emociones. No durarán por siempre y es sumamente útil que alguien nos contenga mientras estamos sumergidos en esas emociones, nos hace sentir acompañados, comprendidos, sostenidos. La soledad emocional es algo que frecuentemente se experimenta en nuestra sociedad.



Conforme a las fases de desarrollo emocional, atravesamos un proceso madurativo en el cual poco a poco dejaremos de gritar ante el llanto, o el enojo, o eso que nos daba miedo, lo podremos vivir sin problemas si es que se da un buen manejo por parte del adulto. Es necesario que como adultos seamos conscientes de que la culpa y la vergüenza (percepción de que uno está mal por el hecho de ser) se genera en gran medida precisamente porque no se aceptan las emociones que experimentamos, con un “no llores”, “no grites”, “no pasa nada”, “si te enojas ya no te voy a querer”, entre otras frases. Lo que conseguimos es que el niño se reprima. La emoción que no logra expresarse adecuadamente, se vuelve hacia nosotros de forma dañina.



La educación emocional ha generado en su mayoría, adultos no asertivos, esto es, pasivo-agresivos, o abiertamente agresivos. Recuerdo el caso de una persona, quien sufrió infidelidad, al confrontar a su pareja, ésta le pidió disculpas y le pidió que sonriera y le diera un besito, que ya no se enojara. La otra persona accedió a sonreír, y dar besito. No es casualidad, es educación emocional.



El punto medio es el comportamiento asertivo, la persona es capaz de expresar lo que siente y necesita, y mediante una comunicación empática, será capaz de observar la situación, escuchar lo que siente, expresarlo, y ser capaz de pedir a la otra persona lo que necesita, sin violentar, sin reprimirse.



Para entender mejor esto, aplicado a niños y a adultos, necesitamos distinguir la agresividad de la destructividad. La primera es algo natural, nos permite protegernos, viene del latín ad gredi “ir hacia”, “emprender”, “ir en contra”. Al hablar de agresividad se entiende como algo negativo, sin embargo, se aproxima más a la asertividad que a la destructividad, Andrew Salter define a la primera como un rasgo de personalidad que favorece la expresión de los derechos y sentimientos personales. La destructividad  es la acción intencional de dañar al otro, mediante humillación o castigo. Se parece más a muchas de las conductas adultas.


Agresividad natural es lo que podríamos observar en dos cachorros de león al jugar. Uno mordisquea al otro, y si se le pasa la mano, el otro cachorro va a responder, con un sonido que detenga al otro. Es un mecanismo de protección, de auto afirmación, de resguardar nuestro espacio vital y nuestras necesidades al sentirnos amenazados en nuestra integridad física o su equilibrio emocional.  Por ello es que desde mi enfoque, el que dos niños de la misma edad midan sus límites y se defiendan es un acto de exploración hacia sus posibilidades y de autorregulación, también.


Está mal visto permitir que los niños pequeños peguen, se interpreta como permitir y promover la violencia. Cuando es una expresión de agresividad natural no existe problema alguno, siempre y cuando claro, haya adultos cerca. A veces nos confiamos y olvidamos que los niños necesitan supervisión.


Sería importante reflexionar la manera en que los adultos normalizamos la violencia. Los contenidos de las caricaturas, la televisión y el cine tienen una gran carga de destructividad, pero asumimos que los varones buscarán eso, y es incorrecto. Lo buscan porque lo ponemos a su alcance, y los medios transmiten muy bien su mensaje. Normalizamos la violencia y la ensalzamos al darles películas en donde los super héroes ganan mediante la fuerza y no mediante la razón o el diálogo. Tampoco vemos que en casa nuestra comunicación lejos de acercarnos, de generar empatía o desarrollo, genera conflictos y distancia; o ansiedad, al discutir frente a los niños. Es fundamental que al observar nuestras conductas, trabajemos activamente todos los días en la asertividad y en la escucha de nuestras propias necesidades. Si bien hemos heredado muchos patrones de comunicación y de resolución de conflictos, el generar un cambio implicará una enorme mejoría en nuestra vida cotidiana, en el ámbito laboral, de pareja, familiar. Vale la pena.


La destructividad es un síntoma, de manera que un niño que manifiesta conductas destructivas, lejos de ser castigado, necesita ser comprendido y apoyado a resolver el origen de esta conducta. El castigo solo agudizará el problema.


Finalizo por donde comencé. Te lo planteo de otro modo:


Es la hora del receso. La maestra se acerca porque ve una niña llorando, al parecer el pleito es entre dos niños de 4 años. Uno le pegó al otro. La maestra, que no vio la escena completa, se acerca y observa el gesto de cada niño. ¿Es enojo? ¿Frustración? ¿Tristeza? ¿Tienen hambre, sueño? Observa.

Si no se arreglan entre ellos interviene.

Acto seguido, se agacha a su altura, pregunta qué sucedió, y escucha, con atención, con la mirada, con el oído, con el cuerpo, mostrándose receptiva a recibir las emociones de ambos.

Pepe, el niño que golpeó, está enojado porque Carla no le quiso prestar un juguete. Carla dice que lo está usando y no quiere soltarlo.

La maestra toca ligeramente a los niños, haciéndose presente. Les escucha a ambos, y dice: Pepe, veo que estás muy enojado, es importante para ti poder jugar con el juguete. Carla, estás llorando porque Pepe te pegó, ¿verdad? No nos gusta que nos toquen así, sentimos enojo o tristeza, y a veces las dos juntas. La abraza, y no suelta a ninguno, es como si les abrazara a ambos al mismo tiempo. (No está culpabilizando a Pepe ni victimizando a Carla, nombra las emociones de ambos y las valida. Recibe la tristeza de Carla y acepta el enojo de Pepe. Antes de resolver cualquier conflicto es importante mirar la causa, y las necesidades de ambos, validar las emociones y proponer una solución, o generar una emoción positiva, un cambio de ánimo con factor sorpresa. Una vez que cambió la emoción, ya se puede generar reflexión).

Se dirige a ambos: Me imagino como se sienten, vamos a ver como podemos resolverlo de otro modo. Esto pasa cuando no hemos sabido ponernos de acuerdo. Este juguete podemos usarlo todos, pero tenemos que tomar turnos.

Simplemente el sentirnos comprendidos baja el nivel de la emoción. Ya no nos sentimos a la defensiva. Recuerda “Exhala el dolor e inhala el entendimiento”. Solo podemos usar la razón cuando la emoción se ha calmado, no antes.  Si la emoción ya tuvo su curva de acción y se han calmado ambos, la maestra les pregunta si ahora se les ocurre una solución para esos casos.


En caso que digan que no, la maestra dice: ¿Saben como echar un volado? (mete un elemento que genera sorpresa) ¡No!- Responden con interés. La maestra les involucra a ambos en la búsqueda de la moneda, les explica cómo funciona y que se deberá aceptar lo que resulte y les permite a cada uno practicar la tirada de la moneda. Efectúan el volado y uno gana.

Mi experiencia ha sido que incluso a veces se quedan jugando a echar volados y olvidan el juguete que tanto deseaban. Y que días después comienzan a resolver esos conflictos buscando una moneda y respetando los turnos.


Suena muy largo, pero en la práctica no lo es tanto. Ejemplifico esta situación porque no hubo un besito forzado, ni culpas, ni castigos. Hubo comprensión y aceptación de la emoción, y de la agresividad. Y hubo aprendizaje: se pueden solucionar las cosas sin golpes, de manera diferente. A veces los niños caen en cuenta solos, sin la intervención del adulto, pero tomemos en cuenta que acorde a su edad tienen herramientas de solución de conflictos. Es necesaria la presencia del adulto, el que tiene más recursos.

Claro, aquí no podemos esperar recetas, la clave es observar el origen del conflicto, qué sucedió, qué necesidad insatisfecha existe. Y el tratamiento es diferente también cuando se trata de actitudes destructivas, pero por razones de espacio, lo abordaré en otra ocasión.


Esta no es una solución fácil, ni aplicable cuando uno tiene en un salón a 50 niños. ¿De qué manera el Estado proporciona las herramientas de un bienestar social, si no se toma en cuenta la parte humana en la educación?


Aunque no fueran 50 niños, sino 2, y no fuera en una escuela, sino en la casa. Esta no es una solución fácil, implica que el adulto tenga disposición de escuchar, y un conocimiento y empatía previos. El ir contra inercias educativas heredadas por siglos implica un esfuerzo, que te aseguro, al ver los resultados y la progresiva capacidad en los niños al irse poniendo de acuerdo, lograr su colaboración y solidaridad da una satisfacción al ver cómo construir otro tipo de relaciones es poner un grano de arena a construir ese otro mundo posible que tanto deseamos.


*Publicado en Quórum Informativo